Oficialmente ayer David cumplió doce años, está muy grande, alto, le compramos zapatos y quedé un poco aterrada porque ya está calzando 37. Es evidente que la ropa no le queda, come mucho más, su voz esta cambiando, anda con muchos "gallos". Para mi sigue siendo mi niño, pero aunque su alma sigue siendo de niño, su cuerpo cambia tanto que ya comienzo a ver a mi adolescente futuro.
El festejo se hizo el domingo pasado en casa de mi madre, por primera vez en mi vida y aprovechando que compramos horno decidí que le iba a hacer su torta de cumpleaños. David estaba muy motivado, yo ni se diga. Desde el viernes comencé con la traida de la batidora. El sábado compramos los ingredientes y el molde, en la tarde la preparé y bueno el apartamento olía delicioso, a torta casera, a mamá, a hijo, a familia.
Ese mismo día por la noche hice la decoración, terminé hacía las once de la noche. A la nevera hasta el otro día. Se canto el cumpleaños, le compré un volcancito para el ponqué y estuvo el niño muy feliz con sus regalitos y después la torta. Todo el mundo esperaba como había quedado y pues claro que yo también me encontraba a la expectativa. Finalmente recibí comentarios muy agradables: "no parece torta hecha en casa, sino de pasteleria", "está muy deliciosa", etc. Mi hijo y mi esposo estaban muy contentos con la torta, así que puedo decir que fue todo un éxito.






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